Cuento.

29 Apr

Erase una vez que se era una princesa con peto y zapatillas en mitad de la jungla. Llevaba un palo. En realidad no es un detalle importante para la historia, pero como es mi cuento lo digo y punto. Era una princesa extraña, de esas que guardan mosquitos aplastados en libretas y les gusta el coco.

Era extraña, pero no estaba sola en la selva. Le acompañaba un apuesto príncipe que la seguía ciegamente a donde ella fuese, sin protestar lo más mínimo. Bueno, no, mentira. Protestaba mucho. Demasiado. Tanto que la princesa estaba ya empezando a cansarse del príncipe. Pero ella aguantaba. Si algo tenía, es que era constante y paciente. Caminaban por la jungla durante el día y dormían por la noche en las ramas de los árboles.

Una mañana, mientras caminaban, un sapo se cruzó delante de la princesa y se perdió entre los matorrales después de, sin quererlo, llamar su atención. Al príncipe, que no era celoso (inserte tono irónico aquí), de repente le entró hambre. Le pidió a la princesa, que siempre subía hasta lo alto de los árboles a recoger frutos para los dos, que hiciera lo propio. Pero apenas había frutos en el árbol y el príncipe, desde el suelo, le empezó a reprochar que no había cogido alimento suficiente para los dos. ‘Sube tú a otro árbol, que también tienes un palo, dos piernas y dos manos y aquí no hay más que coger’, le dijo ella. ‘Ay, es que se me despeina el flequillo’, respondió el. ‘Pues tu palo tampoco es tan grande, subnormal’, contestó ella mientras saltaba del árbol y desaparecía entre los matorrales por los que se había ido el sapo.

No sabía por qué, pero ella, cansada de chasquear los dedos y tener príncipes de todos los reinos del mundo en cuestión de segundos con bandejas repletas de oro y presentes, sintió que el sapo era especial. ¿Sería como en los cuentos que le escribían los escritores de palacio? ¿Sería aquel sapo que cantaba por Armstrong (aclaración: el de la trompeta, no el de la luna) al oído de las princesas? Tampoco lo sabía, pero quería averiguarlo. Abrió su libreta y encontró una frase: ‘sólo de vez en cuando ves a alguien cuya electricidad y presencia se une a la tuya en un instante’. En este caso era ‘algo’, pero animada por su intuición, su curiosidad y ese verso de Bukowski, emprendió la aventura.

Lo buscó por todas partes. Pasaron días hasta que, por fin, llegó a un pequeño lago y lo vio. Se sentó en la orilla, sin hacer ruido. Y el sapo saltó hasta llegar hasta donde ella estaba. Estiró sus ancas y se quedó quieto. Ella lo observaba y no salía de su asombro: era un sapo totalmente normal, pero sus ojos marrones eran tan especiales que no podía dejar de mirarlos. Permanecía inmóvil y ella pensó que era el momento de saber la verdad. Probó a besarle, pero no se convirtió en príncipe. Siguió quieto. Se limpió los oídos, pero tampoco escuchaba nada fuera de lo normal, sólo los sonidos de la naturaleza. Cada vez que el sapo saltaba de vuelta hasta el otro lado de la orilla, ella pensaba en irse, pero, en cuanto ella se levantaba del suelo, él volvía y ella se sentaba de nuevo, expectante. Algo tenía el sapo, y ella prefería esperar una vida para averiguarlo a estar rodando de príncipe en príncipe, esperando en la puerta de palacio a que terminen de arreglarse para salir a tomar un piscolabis.

Y así fue. Esperó y esperó y esperó algo que, seguramente, nunca llegaría. Nunca nadie supo más de aquella princesa. Desapareció durante años. Sus padres ordenaron a todos los caballeros que salieran a buscarla de manera inminente, puesto que el príncipe había vuelto sin ella al reino. Algunos la daban por muerta. Y quien viera su silueta de lejos, podría pensarlo. Pero nada más lejos de la realidad, porque allí, sentada en aquella orilla, en el barro, consiguió llenar su libreta de miles y miles de versos y palabras que le salían del alma. Allí, en aquel lugar y con aquella compañía, estaba más viva que nunca.

Esa es la historia de la princesa paciente (mental, casi) que se enamoró de un sapo de cuento que sólo buscaba ranas (de esas que saltan rápidamente) y que no cantaba por Armstrong, aunque ella escuchase ‘What a wonderful world’ en mitad de la jungla cada vez que lo miraba a los ojos.

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