Me voy a Marte.

20 Sep

Escribo esto mientras llueve y me debato entre terminar de estudiarme los análisis de historia del arte o leerme el libro nuevo que me he comprado sobre un astronauta.

Pero lo realmente importante es que llueve. El mar está gris y plano. No hay nadie por el paseo marítimo (por la calle del pueblo que está al lado de la playa, vamos). Y el sonido de la lluvia golpeando el techo de mi puesto, me relaja. Relaja tanto que hace que llegue al estado mental de ‘persona normal y corriente’ (y eso ya es difícil).

Pero me relaja más saber que en tres días estoy de vacaciones. Sin exámenes. Sin trabajo. Sin nada que hacer aparte de recoger, limpiar mi habitación y cobrarles el alquiler a las criaturas que vivan entre mis montones de ropa. Después de un año entero sin parar, estos cinco días me van a saber a gloria.

Voy a ordenar todo, a hacer limpieza de espíritu. Y con ‘limpieza de espíritu’ me refiero, obviamente, a ponerme como una foca comiendo helado de chocolate (o chocolate en general) mientras me paso el día tirada en el sofá viendo ‘Embarazada a los 16’, ‘Teen Mom’ y ‘Catfish’. A lo mejor no lo estoy haciendo del todo bien, pero si tengo 25 y no tengo hijos ni la he palmado pillándome por uno en internet, hay alguna esperanza (la hay. La hay. LA HAY, ¿VALE?).

Voy a ver las películas que tengo atrasadas, y las series también. Voy a ver los programas de las bodas de los domingos al mediodía. Voy a escribir. Voy a leer en mi ‘libreta de cosas’ las cosas que escribí hace tres meses y que ya hoy no tendrán ni pizca de gracia. Voy a robarle el coche a mi madre y voy a conducir calle arriba, calle abajo. Voy a tumbarme en la playa a ver las estrellas.

Voy a parar, que he descubierto que, a veces, viene muy bien. Parar y sudarlo todo, resetear. Vaya, recargar las pilas de toda la vida de Dios, que voy de mística pero no he inventado nada.

Voy a coger energías, porque el curso empieza fuerte – de entrada, una semana de taller y performance con Catherine Bäy en el Museo Pompidou de Málaga (suena pomposo, ¿verdad?) y traumatizar a pobres almas desgraciadas con chistes malos en un micrófono abierto el día 26. Después llegan mis mocos a la academia. Y después toca estudiar, readaptar, escribir y dejar fermentar el plan B del verano que viene.

Aunque, bueno, pensándolo mejor, creo que voy a dormir directamente. Cinco días, nonstop, en plan experimento de la NASA – total, no me va a dar tiempo a hacer todo lo que quiero (y aquí todo o nada, o se hacen las cosas o no se hace nada). Si despierto de vuelta, escribiré en un par de semanas (supongo que sobre ‘el extraordinario caso de los andaluces bichos bola’). Si no, estoy en la próxima misión a Marte.

Ver en Noticias Valdeorras: http://noticiasvaldeorras.com/blogs/me-voy-a-marte

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Vete.

20 Aug

Déjame. Vete. Te prometo que lo hago para no hacerte más daño en mi imaginación. No para echártelo en cara después. Te prometo que lo hago para no hacerme yo más daño con mi imaginación.

Porque es una hija de puta. La imaginación es peor que cualquier espada afilada. Peor que cualquier amiga interesada y falsa. La imaginación, esa que muchas veces es tu mejor aliada, a veces se convierte en tu peor enemigo. Como Judas a Dios. O Dios a un creyente (¿no se admira abiertamente a los que más miedo les tienes?).

No eres tú, es ella. La que me enseña películas dignas de ser interpretadas por Nicole Kidman y Ewan MacGregor. La que hace de un momento simple, llano y cotidiano, un cuento de hadas. De los modernos, no de los cursis. De los plagados de risas y no de trenzas y vestidos de tul.

Vete, que no te quiero. Que eres un capricho pasajero. O eso quiero creerme. Me lo repito todos los días, porque entiendo por qué no puede ser. Créeme. Aunque mis acciones no digan lo mismo, en el fondo lo sé.

Y cuando me alejo, físicamente, de allí, se me pasa un poco. Veo las cosas mejor. Me arrepiento y me alegro. Me doy cuenta de lo que he aprendido de todo esto, de que he crecido. De que, de alguna manera, por jodida que pareciese por fuera, por dentro me ha hecho volver a las vías que buscaba recuperar. De lejos, parece que se pasa. Parece menos intenso, menos real. Incluso quiero pasar página. Oye, y no está mal. Así que vete, por favor.

Y cuando la calma domina de nuevo todo, llega una palabra, un olor, una canción, un nombre, una risa, una cara familiar. Y a la mierda todo. La calma sigue, no es que se derrumbe todo como en una tragedia griega. Pero has vuelto. Han vuelto por unos segundos esos pocos momentos.

Lo peor no es que vuelvan los momentos, es que vuelvan las sensaciones. La calma de aquellos momentos (irónico, porque el nerviosismo y la inseguridad es lo que me domina cuando estás cerca, como me pasaba cuando era pequeña y veía al muchacho que me gustaba).

Y pienso en que te comería a besos, que quiero quererte con todas mis fuerzas y abrazarte todo el rato. Que quiero hacerte feliz como sea. Que eres increíble a mis ojos. Que no soy capaz de expresarlo realmente con palabras (y cuando lo hago, o lo intento – porque no me sale -, parezco una histérica obsesiva). Y lo que más me sorprende es la pureza del sentimiento. La fuerza que tiene. 

Pero después se me pasa. Recuerdo lo efímero de todo lo que tengo guardado. El saber que mañana sería como si nada hubiese pasado. Que su sombra estaría ahí siempre, porque llegó cuando yo no era yo y me encapriché por ti. Que mi vergüenza sólo me dejaría jugar a hacerme la dura, cuando en realidad querría enseñarte todo lo que llevo por dentro. Que el miedo a no saber si me buscas de verdad o si soy una pieza de repuesto me paraliza (porque las palabras se las lleva el viento) y me siento inútil. Recuerdo lo que he hecho mal contigo y se me cae la cara de vergüenza.

Y, ¿problemas? No quiero más. Vete. Pero de verdad, que cada vez que me prometo olvidarte, apareces. Juro que no es manía persecutoria, hay testigos.

Vete, que ya está bien.

Vete, que quiero ver si el tiempo sentencia o prolonga.

Pero bésame antes de irte;

Léeme al oído una vez más;

Abrázame y no me sueltes;

Cógeme de la cintura;

Acaríciame la cara;

Mírame como tú lo haces;

Y vete. Sin más.

Monologue to a mirror

12 Jun

As her eyes reached their reflection on the mirror, she saw him:

‘I’m sorry. You wouldn’t believe how sorry I am. That’s why I’m here for. To apologise. I’ve been an asshole. A bitch. Plain unfair. There’s nothing else to add there. I’m not looking for any kind of reaction or answer, I swear. I don’t want any more drama. I want to set things straight. I love you. I will never say that out loud again when you’re near, because I don’t want you to feel bad, but, somehow, I have to spit it out. I love you. Don’t ask me why. I wish I could know, so I could find that in another person and work it out and stop being annoying here. I don’t want to hurt you or anybody that’s around me, but I don’t know how, I’m fucking arranging it to annoy everybody I love by being bitter and manipulative. I don’t want that. Right now, I hate myself. Because I haven’t been fair. At all. I want nothing but the best for you. Nothing else. Even if it doesn’t involve me. I don’t want to hurt you because you are beautiful. In any possible way. You are awesome. I haven’t fallen this hard for anyone in years. But, please, do run away, because I’m gonna screw you as I did with the ones that came before you. I wouldn’t forgive myself if I did that.

I’m sorry I’m bringing this back, but I need to get it off my chest. It is the last time this is going to happen. Promise. I hope you find somebody that really loves you and respects you, because it’s clear I’m not enough for you. You deserve way more than this. I’m nothing but a hopeless traumatized girl that thinks that’s perfect. If anybody scratches even a bit, can see I’m full of shit. I don’t deserve you. So fly free. I won’t bother you. I need space and someday we’ll come across each other and have a laugh or two at this. End of story.’

She saw him, as she usually did, and said all the things she didn’t have the courage to say to his real face.

She saw him until the tears cleared the image.

And she’s just fine enough to pretend now.

Baby, I’ve got a plan. Runaway as fast as you can. 

Oh, no.

31 May

El ego te invita a verte en el espejo como un gorila todopoderoso cuando, en realidad, no eres más que un mono encorvado y sordo buscando un árbol en el que colgarte.

(I’m now becoming my own self fulfilled prophecy)

Ah. Ah. Ah. (Adrenalina minimalista)

16 May

Y mientras en la película de Antena 3, que está en silencio, dos pavos secuestran y maniatan a una ciega, yo estoy aquí en un primero con un vértigo de cojones. Digno de un salto en paracaídas.

Porque esta vez si toca tirarse. Que los dioses de la comedia me perdonen por el crimen que voy a cometer esta noche.

Vamos a por el primer monólogo.

Con dos cojones.

Sin vergüenza.

Ea.

Cuento.

29 Apr

Erase una vez que se era una princesa con peto y zapatillas en mitad de la jungla. Llevaba un palo. En realidad no es un detalle importante para la historia, pero como es mi cuento lo digo y punto. Era una princesa extraña, de esas que guardan mosquitos aplastados en libretas y les gusta el coco.

Era extraña, pero no estaba sola en la selva. Le acompañaba un apuesto príncipe que la seguía ciegamente a donde ella fuese, sin protestar lo más mínimo. Bueno, no, mentira. Protestaba mucho. Demasiado. Tanto que la princesa estaba ya empezando a cansarse del príncipe. Pero ella aguantaba. Si algo tenía, es que era constante y paciente. Caminaban por la jungla durante el día y dormían por la noche en las ramas de los árboles.

Una mañana, mientras caminaban, un sapo se cruzó delante de la princesa y se perdió entre los matorrales después de, sin quererlo, llamar su atención. Al príncipe, que no era celoso (inserte tono irónico aquí), de repente le entró hambre. Le pidió a la princesa, que siempre subía hasta lo alto de los árboles a recoger frutos para los dos, que hiciera lo propio. Pero apenas había frutos en el árbol y el príncipe, desde el suelo, le empezó a reprochar que no había cogido alimento suficiente para los dos. ‘Sube tú a otro árbol, que también tienes un palo, dos piernas y dos manos y aquí no hay más que coger’, le dijo ella. ‘Ay, es que se me despeina el flequillo’, respondió el. ‘Pues tu palo tampoco es tan grande, subnormal’, contestó ella mientras saltaba del árbol y desaparecía entre los matorrales por los que se había ido el sapo.

No sabía por qué, pero ella, cansada de chasquear los dedos y tener príncipes de todos los reinos del mundo en cuestión de segundos con bandejas repletas de oro y presentes, sintió que el sapo era especial. ¿Sería como en los cuentos que le escribían los escritores de palacio? ¿Sería aquel sapo que cantaba por Armstrong (aclaración: el de la trompeta, no el de la luna) al oído de las princesas? Tampoco lo sabía, pero quería averiguarlo. Abrió su libreta y encontró una frase: ‘sólo de vez en cuando ves a alguien cuya electricidad y presencia se une a la tuya en un instante’. En este caso era ‘algo’, pero animada por su intuición, su curiosidad y ese verso de Bukowski, emprendió la aventura.

Lo buscó por todas partes. Pasaron días hasta que, por fin, llegó a un pequeño lago y lo vio. Se sentó en la orilla, sin hacer ruido. Y el sapo saltó hasta llegar hasta donde ella estaba. Estiró sus ancas y se quedó quieto. Ella lo observaba y no salía de su asombro: era un sapo totalmente normal, pero sus ojos marrones eran tan especiales que no podía dejar de mirarlos. Permanecía inmóvil y ella pensó que era el momento de saber la verdad. Probó a besarle, pero no se convirtió en príncipe. Siguió quieto. Se limpió los oídos, pero tampoco escuchaba nada fuera de lo normal, sólo los sonidos de la naturaleza. Cada vez que el sapo saltaba de vuelta hasta el otro lado de la orilla, ella pensaba en irse, pero, en cuanto ella se levantaba del suelo, él volvía y ella se sentaba de nuevo, expectante. Algo tenía el sapo, y ella prefería esperar una vida para averiguarlo a estar rodando de príncipe en príncipe, esperando en la puerta de palacio a que terminen de arreglarse para salir a tomar un piscolabis.

Y así fue. Esperó y esperó y esperó algo que, seguramente, nunca llegaría. Nunca nadie supo más de aquella princesa. Desapareció durante años. Sus padres ordenaron a todos los caballeros que salieran a buscarla de manera inminente, puesto que el príncipe había vuelto sin ella al reino. Algunos la daban por muerta. Y quien viera su silueta de lejos, podría pensarlo. Pero nada más lejos de la realidad, porque allí, sentada en aquella orilla, en el barro, consiguió llenar su libreta de miles y miles de versos y palabras que le salían del alma. Allí, en aquel lugar y con aquella compañía, estaba más viva que nunca.

Esa es la historia de la princesa paciente (mental, casi) que se enamoró de un sapo de cuento que sólo buscaba ranas (de esas que saltan rápidamente) y que no cantaba por Armstrong, aunque ella escuchase ‘What a wonderful world’ en mitad de la jungla cada vez que lo miraba a los ojos.

A little cup of tea.

19 Apr

Con mis manos, abrazo mi taza de té.

La abrazo e imagino que es tu mano la que cubro con las mías. Que es tu piel la que toco.

Cruzo mis piernas sobre el sofá y miro a la pared.

Es verde.

La verdad, no es que importe el color.

Lo que importa es la proyección.

Esa amada ficción que escribo día a día.

Esa ficción que interpreto ante mi misma a diario.

Que venga alguien y me diga que no soy actriz, cuando me he hecho creer a mi misma las mentiras más grandes que mi cabeza podía crear.

Me he hecho creer que algo cambiaría.

Que eran verdad todas tus mentiras.

Que mi amor podría encajar con tu baja autoestima.

Es más, que lo haría.

Abrazo la taza, pero ahora es tu cuello.

Y el mio.

No se cual estrujar primero.

Si el tuyo por reventarme poco a poco por dentro,

o el mio por darte la maza y el corazón abierto.

Vivo en un cuento.

Vivo en un cuento que me cuento todas las noches antes de dormir.

Yo soy la Bella.

Y tú?

Tu no eres la Bestia,

eres Gastón, el comehuevos.

Rodeado de secuaces.

Y bailarinas de pueblo.

Esas son las que buscas.

Eso ya lo fui.

Y no, que yo no vuelvo.

Que no me disfrazo de cordero para alimentarte el ego.

Que soy una loba, con lo malo y con lo bueno.

Abrazo la taza de té y pido un deseo.

Casi un golpe que viene de dentro, más que un deseo.

Y cuando golpea desde las entrañas, es para hacerle caso.